Dos amigos recorrieron cuatro continentes con una silla de ruedas y sin límites
Fletcher Crowley tenía 17 años cuando un accidente en bicicleta de montaña le fracturó dos vértebras y lo dejó parapléjico. Puede ponerse de pie y moverse unos pasos, pero el esfuerzo lo agota enseguida. Eso no frenó su idea de viajar, ni a él ni a su amigo Lachie Bennett, que trabaja como terapeuta en un centro de recuperación para personas con lesiones medulares, el mismo lugar donde los dos se reencontraron después de haber ido juntos al colegio.
La amistad creció en ese centro, durante una cena de turno nocturno. Descubrieron que compartían la pasión por la música, la moda, conocer gente nueva y enfrentar experiencias distintas. También algo más íntimo: los dos habían atravesado episodios de ansiedad y aprendido a manejarlos. Esa coincidencia les dio una base de entendimiento que va más allá de los gustos comunes.
El viaje grande empezó casi por accidente. Planeaban una escapada de dos semanas cuando apareció una oferta de vuelta al mundo con múltiples escalas. La compraron sin pensarlo demasiado. El itinerario terminó incluyendo Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica, todo en tres meses.
En Hong Kong, Lachie cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones que llevan al Gran Buda. Llegar arriba fue, según contaron, "un momento surrealista." En Suiza, una familia que los seguía en redes los invitó a quedarse en su casa. En Francia se alojaron en la granja de ovejas de un conocido y pasaron una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza. En Brasil recorrieron la selva en cuatriciclo. En Sudáfrica hicieron safari, bucearon con tiburones e hicieron parapente.
La logística no siempre fue sencilla. Algunos lugares resultaron inaccesibles y hubo que buscar rutas alternativas o que Lachie llevara a Fletcher a cuestas. "Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione", explicaron.
Al principio financiaron el viaje con ahorros propios. Cuando empezaron a publicar videos, la respuesta fue tan grande que una campaña de micromecenazgo les dio el margen para ser más espontáneos. El alojamiento también se resolvió en gran parte gracias a personas que conocieron en el camino y los invitaron a quedarse.
Lo que querían evitar, dijeron, era que la gente los mirara y pensara que lo que hacen es extraordinario por la discapacidad. La discapacidad está, pero no define el viaje ni a quien lo protagoniza.
¿Qué barreras, físicas o de otro tipo, te parece que siguen siendo las más difíciles de sortear para viajar con una discapacidad motriz?
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