Parkour para chicos: cómo son las clases y qué ganan en cada sesión

La disciplina llega a los más chicos a través de circuitos de saltos, trepadas y rodamientos en espacios equipados con pisos de goma eva y colchonetas. Las clases no exigen condición física previa y están organizadas en cuatro familias de movimiento que se trabajan con lógica de juego. Docentes especializados en Buenos Aires describen cómo se estructura cada sesión y qué habilidades, físicas y emocionales, desarrollan los chicos a lo largo del proceso.
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Saltar entre módulos, trepar una pared o encontrar el camino más eficiente a través de una serie de obstáculos son las tareas habituales en las clases de parkour para niños que funcionan en Buenos Aires. La actividad se organiza sin nivel de entrada: alcanza con ganas de moverse.

Dante Freitas, docente de la especialidad, describe el punto de partida de la disciplina en la infancia: "El parkour para chicos es una práctica adaptativa y exploratoria que recrea entornos para resolver jugando con el cuerpo en movimiento. Desde que un bebé tiene la capacidad de gatear y sortear un obstáculo para conseguir algo que le llame la atención se tiene que estimular esa primera búsqueda que luego evoluciona en esta disciplina".

Cada sesión sigue una estructura fija. Arranca con movilidad articular, frecuentemente a través de desplazamientos que imitan movimientos de animales, para preparar articulaciones y musculatura. El núcleo de la clase se organiza en cuatro familias: saltos (impulsarse en distintas direcciones y distancias), vaults (sortear obstáculos de mediana altura de forma fluida), rolidos (técnica de amortiguación para caídas) y grimpeos (trepada en muros y paredes). El cierre incluye juego libre adaptado, trabajo de fuerza y elongación guiada.

Los circuitos no son fijos: los propios alumnos participan en armarlos. "Muchas veces los chicos ya vienen con ideas en mente para trabajar un movimiento o salto que se les ocurrió en casa y quieren sacar", señala Freitas. Esa dinámica convierte cada clase en un proceso parcialmente autogestionado, donde el objetivo no es la competencia sino el disfrute del movimiento.

En cuanto a seguridad, el equipamiento personal se reduce a zapatillas con suela de goma completa. Los espacios cuentan con pisos de goma eva, colchones de acrobacia, estructuras a escala infantil, paredes de escalada y barras de suspensión. Emma Grasset, codirectora de una escuela de la especialidad recomendada desde los 4 años, detalla que las salas incluyen pirámide de escalada, aros y elementos de juego, entre otros recursos.

Los protocolos de prevención se establecen desde la primera clase: no apoyar codos ni rodillas en caídas, reconocer qué movimientos pueden ejecutarse solos y cuáles requieren asistencia del docente, y respetar los turnos para evitar colisiones.

Más allá de lo físico, coordinación, agilidad y fuerza se suman a beneficios que Grasset enumera: "Confianza, estado presente, disciplina, valores, compañerismo, autonomía, relaciones sociales lejos de las pantallas, superación personal, entre tantos". Freitas lo resume en términos que usa con sus alumnos: "Son 'superpoderes'. El parkour aumenta mucho la confianza de poder visualizarte en un lugar físico y saber que si te lo propones podés llegar hasta ahí por tus propios medios".

¿Tu hijo o hija practica alguna disciplina de movimiento libre? Contanos en los comentarios.

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