Comer en familia mejora los hábitos alimentarios de niños y adolescentes
La alimentación en la infancia y la adolescencia no depende solo de qué alimentos se eligen. El momento en que se come, quién acompaña y cómo se organiza ese espacio también moldean los hábitos que perduran en el tiempo. Esa es la premisa central del consenso NutreAR, desarrollado por PROFENI (Profesionales Expertos en Nutrición Infantil) y presentado en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría.
El concepto que articula la propuesta es el de comensalidad: todo lo que rodea al acto de comer. No se trata solo de definir un listado de alimentos adecuados para cada edad, sino de contemplar el contexto en que esas comidas ocurren. Las necesidades nutricionales de un niño de dos años, de uno de diez y de un adolescente de dieciséis son distintas, y el consenso busca dar orientaciones diferenciadas para cada etapa.
Uno de los mecanismos más documentados es el aprendizaje por imitación. Cuando los chicos ven a padres, hermanos, tíos o amigos comer variado, amplían más fácilmente su propio repertorio de alimentos. Por el contrario, la selectividad alimentaria, que un chico se limite a comer siempre lo mismo, se vuelve más difícil de revertir si no hay referencias cercanas que muestren otras opciones. Los especialistas recomiendan ofrecer siempre algo nuevo y evitar consolidar menús demasiado restringidos.
A partir de los 14 o 15 años crece la tendencia a comer solo, en el cuarto, frente a una pantalla. Esa práctica reduce las oportunidades de construir esos vínculos alrededor de la comida. La recomendación es sostener al menos una comida compartida por día; la cena suele ser la más viable dado que los horarios de trabajo, la escuela y las actividades deportivas dificultan coincidir en otros momentos. La mesa no tiene que ser necesariamente familiar en el sentido estricto: cenar con amigos cumple la misma función.
La comensalidad tampoco termina en el hogar. En la escuela, los comedores con menús planificados con criterios nutricionales y las viandas preparadas en casa amplían las opciones y abren conversaciones entre pares sobre lo que se come. Ver que un compañero lleva tomates cherry o fruta puede despertar la curiosidad de otros chicos.
Involucrar a los chicos en la cocina, desde tareas simples como lavar verduras o armar una ensalada, también forma parte de la propuesta. Esa participación les permite conocer los ingredientes, ganar autonomía y familiarizarse con elecciones que no dependan exclusivamente de productos procesados. El consumo ocasional de comida rápida es distinto a su incorporación diaria en la dieta; los especialistas señalan esa diferencia como un punto de atención.
Para quienes quieran profundizar, las Guías Alimentarias para la Población Argentina (GAPA) reúnen recomendaciones actualizadas sobre alimentación para distintas etapas de la vida.
¿Qué cambio en los hábitos de la mesa les resultaría más difícil de sostener en la rutina de su familia?
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